9 de febrero de 2008

El cambio que necesitó el siglo de "las luces"




"...Los maestros de historia no se dedican tanto a imprimir en sus discípulos la data de tal o cual suceso, como a pintarles el carácter y las buenas o malas cualidades de los reyes, de los generales y los ministros. Dicen que es poquísimo el fruto que sacan de saber que en tal año o tal mes se dio tal batalla; pero que les importa mucho examinar cuán bárbaros, injustos y sanguinarios han sido en todos los siglos los hombres, siempre dispuestos a perder la vida sin necesidad y a conspirar en contra de la de su semejante sin razón; ¡cuánto deshonran a la humanidad los combates, y cuán poderosos necesitan ser los motivos que obliguen a un extremo tan funesto! Miran la historia del espíritu humano como la mejor de todas, y no se esfuerzan tanto por enseñar a sus discípulos que retengan los hechos como porque sepan juzgarlos..."

Extracto de "Los viajes de gulliver", sobre la muy atinada enseñanza de la historia en Liliput, por Jonathan Swift (s. XVIII)

Juzgando, entonces, todo el proceso que ha pasado la humanidad desde aquel siglo, era del despotismo ilustrado y del racionalismo, proceso brutal que continúa en nuestros días: ¿No deberían haber leído los profesores de historia de hace tres siglos en adelante (incluído los míos) primero la Biblia y luego los viajes de Gulliver?

No existió tal cosa, como el siglo de las luces. El verdadero siglo de las luces no ha venido todavía.

El servicio funerario de las 8:15 a.m.




Esto es un funeral, me era imposible faltar, aunque claro, el enterrado no seré yo, todavía.
Estoy echando tierra a una novedad, a un dolor.
No vino nadie a darme el pésame y es mejor así, nunca he sabido comportarme frente a las masas.
Por mientras llega la hora de este poco comentado adiós, puedo intentar recitar con cierta elegancia un par de palabras para este finado privado.
Mientras trato, la saliva se me seca rápido en la boca y se diría que me trago las anclas mohosas que me amarraron a ti cuando te conocí.
Los nervios dificultan mis movimientos. Estoy medio tieso y sordo ahora.
Pero, siguiendo con el macabro asunto que me ha traído acá, lo muerto, muerto está. Aunque no quiera, aunque llore a gritos y te pida revivirlo. Y una norma tácita me obliga a enterrarlo, porque ya empezó a descomponer. Me es muy penoso, quisiera siempre tenerlo por ahí para verlo, para echarle mano como a un salvavidas de plomo, no obstante, ha fenecido.

Pasaste de sobre la tierra, como todo lo que hacen los hombres. Así como se resquebraja una hoja al viento, así pasaste, mi apreciado sentimiento.
Pero esto: ¿No se sabía desde antes, desde el principio?
Y yo que me zambullía en tus faldas, en tu abrazo, con la audacia de un pionero, con la simple alegría irreflexiva de un niño. Tal vez, fue un juego necio; un atrevimiento innecesario, una quimera. Tus brazos eran para mí como ramas de árboles y tu aliento brisa bienvenida en el jardín de mi casa. Entonces llegaba yo, abejorro descuidado a profanar lo que nunca, en realidad, fue mío.
Esto ya no será más.

Mis audacias, las que hice en balde, pasaron en un sueño, un sueño pesado. Ahora me cuesta pensar en ello, en todo. Mientras lo hago, sudo aturdido. Las ideas desfilan defectuosas por delante de mi y por más que trato de noche, lo único que consigo es llegar acá, a este entierro.

En honor a la ceremonia recordemos un poco más, entonces.

Aunque intermitente, era agradable, como a veces mis visiones nocturnas lo son.
¿Qué podría haber dicho…?
¿Acaso no lo dije todo?
¿Acaso en mi desfallecida humanidad no lo traté todo para curarte?

Pero esto es un funeral y el enterrado no soy yo, todavía.
Llegó la despedida final. Me gusta esta despedida, porque sólo durará un momento breve. Luego, todo sigue su curso hasta que el sol no brille más. Así ha sido hecho y así será.
Te vas bajo tierra, no trascenderás y con qué penosa soledad emprendes la retirada. Nadie vino a despedirte, sólo yo, que fui aquél que te vio nacer, ciertamente, – y ahora sonrío oscuramente- lejos de toda prudencia y ajeno a mi lugar.
Fácil llegaste, igualmente fácil, te vas.


Felix Fernan Otruba
Poeta, trovador e insecto.

26 de diciembre de 2007

Confesión de un golfo (Sergei Esenin)




No todos saben cantar,
no todos saben ser manzana
y caer a los pies de otro.
Esta es la suprema confesión de un granuja.

Ando intencionalmente despeinado,
con la cabeza como una lámpara a petróleo.
Me gusta alumbrar en las tinieblas
El otoño sin hojas de vuestros espíritus.
Me gusta que las piedras de los insultos
caigan sobre mí como granizo vomitado por la tormenta.
Entonces es cuando aprieto con más fuerza
el globo oscilante de mi cabezota.


Con qué nitidez recuerdo entonces
la laguna cubierta de hierba y la voz ronca del aliso
Y que en algún lugar viven mi padre y mi madre.
Mis versos les importan un comino,
pero me quieren como a un campo, como a la carne de su carne,
como a la buena lluvia que en primavera ayuda a salir los brotes.
Ellos les clavarían a ustedes sus horquetas cada vez que me lanzan una injuria...

...¡Si sólo pudieran comprender que su hijo es el mejor poeta de Rusia!
¿Acaso sus corazones no temían por él
cuando se mojaba los pies en los charcos del otoño?
Ahora anda de sombrero de copa
y con zapatos de charol.

Pero con el mismo espíritu juguetón de antes.
De aldeano travieso.
Desde lejos saluda con gran reverencia
a las vacas pintadas en los letreros de las carnicerías.
Y cuando se cruza con los coches de la plaza,
el olor a estiércol lo remonta a los campos de su tierra
y está dispuesto a sostener en el aire la cola
de cada caballo
como si fuese la cola de un traje de novia.

Amo mi tierra.
¡La amo con locura!...

18 de diciembre de 2007

* मुताबोर* तेअत्रो म्िको पर गेंते कों सिएर्ता सेंसिबिलिदाद...


Cuando uno piensa que está abajo, zaz!, tarde o temprano tiene que ponerse en pie de nuevo. Así es el mundo de mutabor, el mundo del arista que viene Back for encore, que vuelve por más.

Por eso este teatro es sólo para gente que, gracias a su experiencia de vida, ha desarrollado cierta sensibilidad especial. No es que sea un blog elitista, es que los otros no podrán entenderlo.


Y si todas estas estupideces que he escrito no suenan convincentes, entonces quédese en el teatro y vea, y lea.