9 de febrero de 2008

El servicio funerario de las 8:15 a.m.




Esto es un funeral, me era imposible faltar, aunque claro, el enterrado no seré yo, todavía.
Estoy echando tierra a una novedad, a un dolor.
No vino nadie a darme el pésame y es mejor así, nunca he sabido comportarme frente a las masas.
Por mientras llega la hora de este poco comentado adiós, puedo intentar recitar con cierta elegancia un par de palabras para este finado privado.
Mientras trato, la saliva se me seca rápido en la boca y se diría que me trago las anclas mohosas que me amarraron a ti cuando te conocí.
Los nervios dificultan mis movimientos. Estoy medio tieso y sordo ahora.
Pero, siguiendo con el macabro asunto que me ha traído acá, lo muerto, muerto está. Aunque no quiera, aunque llore a gritos y te pida revivirlo. Y una norma tácita me obliga a enterrarlo, porque ya empezó a descomponer. Me es muy penoso, quisiera siempre tenerlo por ahí para verlo, para echarle mano como a un salvavidas de plomo, no obstante, ha fenecido.

Pasaste de sobre la tierra, como todo lo que hacen los hombres. Así como se resquebraja una hoja al viento, así pasaste, mi apreciado sentimiento.
Pero esto: ¿No se sabía desde antes, desde el principio?
Y yo que me zambullía en tus faldas, en tu abrazo, con la audacia de un pionero, con la simple alegría irreflexiva de un niño. Tal vez, fue un juego necio; un atrevimiento innecesario, una quimera. Tus brazos eran para mí como ramas de árboles y tu aliento brisa bienvenida en el jardín de mi casa. Entonces llegaba yo, abejorro descuidado a profanar lo que nunca, en realidad, fue mío.
Esto ya no será más.

Mis audacias, las que hice en balde, pasaron en un sueño, un sueño pesado. Ahora me cuesta pensar en ello, en todo. Mientras lo hago, sudo aturdido. Las ideas desfilan defectuosas por delante de mi y por más que trato de noche, lo único que consigo es llegar acá, a este entierro.

En honor a la ceremonia recordemos un poco más, entonces.

Aunque intermitente, era agradable, como a veces mis visiones nocturnas lo son.
¿Qué podría haber dicho…?
¿Acaso no lo dije todo?
¿Acaso en mi desfallecida humanidad no lo traté todo para curarte?

Pero esto es un funeral y el enterrado no soy yo, todavía.
Llegó la despedida final. Me gusta esta despedida, porque sólo durará un momento breve. Luego, todo sigue su curso hasta que el sol no brille más. Así ha sido hecho y así será.
Te vas bajo tierra, no trascenderás y con qué penosa soledad emprendes la retirada. Nadie vino a despedirte, sólo yo, que fui aquél que te vio nacer, ciertamente, – y ahora sonrío oscuramente- lejos de toda prudencia y ajeno a mi lugar.
Fácil llegaste, igualmente fácil, te vas.


Felix Fernan Otruba
Poeta, trovador e insecto.

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